REFUGIO: SILENCIO Y ORACIÓN

 

                Jueves Santo, tarde-noche en Murcia.   Desde distintos puntos de la ciudad van apareciendo uno, dos, tres, ..., cofrades vestidos con túnicas negras y moradas, de mangas amplias, guantes lilas, que se mezclan con las gentes que a esa hora pasean por la ciudad; pero no se confunden con ellas, más bien llaman la atención (a la fuerza) porque, aunque no van en procesión, llevan el capuz puesto (totalmente cubiertos) y si alguien les pregunta algo pensará que son maleducados, porque no les contestará: desde que se ponen el capuz en casa cumplen con la promesa de no decir ni una sola palabra hasta que no vuelvan de nuevo a su hogar y se quiten dicho capuz (o capirote, capuchón, en otras zonas de España).   Estos cofrades que van cubiertos, que no hablan, que aunque son murcianos tampoco llevan caramelos, se dirigen todos a la Iglesia Parroquial de San Lorenzo, sita en la calle Alejandro Séiquer, nº 12, de Murcia (popularmente llamada antigua calle Correos).   Son los cofrades de la Procesión del Silencio, de la Cofradía del Stmo. Cristo del Refugio, la única que procesiona el Jueves Santo en Murcia capital.    Cofradía fundada en el año 1942 por un grupo de murcianos que deseaban organizar una Cofradía que recordase el momento mismo de la muerte de Jesucristo y saliera en Jueves Santo, con un carácter de severidad y silencio riguroso.   La Procesión del Silencio salió por primera vez el Jueves Santo 22 de abril de 1943, a las doce de la noche. Como Abad de la misma figuraba el señor Cura Párroco de San Lorenzo, D. Manuel Nadal; siendo Hermano Mayor de la Cofradía el doctor D. Ramón Sánchez Parra García, Vice-Hermano Mayor D. Enrique Ayuso Serrano y Secretario D. José López Pujol.

 

                Los cofrades entran en el templo por la puerta lateral que da a la calle de San Lorenzo, entregan su contraseña y pasan al interior.   En un ambiente de silencio y paz, de sosiego y recogimiento, unos cofrades pasan a la capilla del Sagrario para orar ante el Monumento, otros observan al Cristo en su trono (y en el interior de cada capuz se adivinan sentimientos que sólo Él sabe comprender), otros se mueven lentamente por la Iglesia notando, sintiendo cómo pasan los minutos y se acerca el momento, tan esperado cada año, de salir a la calle acompañando en procesión a nuestro Padre celestial, en la imagen del Stmo. Cristo del Refugio; y todos observamos los laboriosos preparativos de la procesión por parte de los miembros de la Junta de Gobierno y colaboradores.   Se van formando las filas, los cofrades reciben los ciriales encendidos y… en el silencio de la Iglesia se escucha la voz pausada, recogida, de nuestro Abad, que nos exhorta, con sus palabras, a vivir la procesión como auténticos hijos de Cristo.

 

                Son las diez de la noche (el horario de salida de la procesión se alteró en el año 1958), el sonido de las puertas al abrirse y el sonido tenebroso de dos oscuros tambores nos indica que la Procesión del Silencio va a dar comienzo.   Salen el pendón y el estandarte de la Cofradía, las dos filas de cofrades avanzan e intercalados entre ellos figuran unos faroles de metal que representan las estaciones del Via Crucis, pintadas al óleo sobre el cristal (se incorporaron en 1954).   Las luces de las calles apagadas, en ellas se distingue a una multitud de personas que observan expectantes, en silencio, el transcurrir de la procesión.

Sólo se escucha el canto de las masas corales que, en distintos puntos del recorrido, entonan temas sacros, empezando por la Coral Discantus, que se encuentra situada en el lateral de la puerta de la Iglesia Parroquial.   La Cruz Guía, llevada por un hermano cofrade, hace rato que ha salido.   Unos cofrades jovencísimos portan en artísticos cojines los símbolos de la Pasión de Cristo.   De pronto, la oscuridad existente en la puerta de la Iglesia de San Lorenzo se hace LUZ al aparecer en la misma el titular de la Cofradía.   El único paso de la Procesión del Silencio, el Santísimo Cristo del Refugio, un Cristo de autor anónimo, fechado en el siglo XVII, que existía en la Sacristía de la Iglesia, y al que se encomendaron durante la Guerra Civil española un grupo de refugiados en un día de terrible tormenta, transcurriendo la misma sin que les ocurriera nada.

      Este Stmo. Cristo del Refugio, en un trono portado a hombros por 32 cofrades, ha hecho su aparición en la puerta de la Iglesia, para iniciar la procesión por las oscuras calles de Murcia.   El trono, conducido sobre cuatro varas de ocho metros, es obra del artista valenciano Vicente Segura, y fue construido en 1945. Recientemente fue restaurado.   La marcha del mismo se ordena por medio de un toque de Campana, a diferencia del toque de un timbre, que es como se realizada antiguamente.   Una vez que han salido todos los hermanos cofrades, el trono con el Stmo. Cristo del Refugio, y las distintas autoridades, se incorporan las cofrades adscritas y otras personas con algún tipo de promesa.   Nuevamente, dos tambores cierran el cortejo procesional.

 

                La Procesión del Silencio se adentra en la oscuridad de las calles de Murcia que forman parte de su recorrido, acompañada por los sones de las músicas interpretadas por coros y formaciones musicales estratégicamente situadas a lo largo del itinerario: Calle Alejandro Séiquer (Coral Discantes), La Merced, Pl. de Sto. Domingo (Orfeón Murciano Fernández Caballero), Trapería (Auroros de Ntra. Sra. del Carmen, de Rincón de Seca – Grupo Siloé – Capilla Clásica de Murcia), Pl. de la Cruz (Tuna de Magisterio), Salzillo, Plaza Belluga (Grupo de Pasión – Coro de Cámara Santa Cecilia), Apóstoles (Auroros de Ntra. Sra. del Rosario, de Rincón de Seca), Pintor Villacís (Coro Parroquial de San Antolín), Isidoro de la Cierva, Pl. Raimundo González (Coral Universitaria), Plaza Cetina, Alejandro Séiquer (Alicia Sánchez, saetera) y entrada a la Iglesia de San Lorenzo (Orfeón Murciano Fernández Caballero).

 

                La noche está llena de misterio, de silencio, de oscuridad exterior y luz interior, de oración.   El Stmo. Cristo del Refugio sigue avanzando, con el rostro iluminado, y las gentes sobrecogidas al verlo pasar.   La procesión va enfilando la calle de Correos, camino de la Iglesia Parroquial.   A una señal de los mayordomos, los cofrades se arrodillan y contemplan cómo Jesucristo, cómo el Stmo. Cristo del Refugio avanza lentamente por entre ellos hacia su morada terrenal.   Los sones del himno al Stmo. Cristo del Refugio suenan en esta noche murciana del mes de abril  y una vez los portapasos han introducido la imagen sagrada en el interior del templo, los cofrades comenzamos nuestra entrada en el mismo.   Dejamos los ciriales, se nos entregan las velas de los mismos, recogemos las flores del paso, que nos ofrece uno de nuestros hermanos cofrades, dirigimos una última mirada a la imagen de Cristo, y volvemos cada uno a nuestra casa, felices de haber podido acompañar, un año más, a nuestro Santísimo Cristo del Refugio, crucificado y muerto en la Cruz, pero presente y vivo en el corazón de todos nosotros.

 

                        Como oración final, nada mejor que reproducir el texto del bellísimo Himno al Stmo. Cristo del Refugio, obra de D. José Alegría, con música de D. Emilio Ramírez:  

       

                                ¡Señor y Dios mío!

                               tu infinito amor

                               por la Humanidad,

                               te crucificó

                               en el tosco leño

                               de la Redención,

                               y en él te contemplo

                               con sumo dolor.

 

                               Sed de amor tuviste

                               en momento cruel

                               y humana ceguera

                               terrible y sin fe,

                               a tus labios secos

                               dieron de beber

                               amargo brebaje

                               de vinagre y hiel.

 

                               Endulzar tus penas

                               te prometo yo

                               rehuyendo el pecado

                               con firme tesón,

                               y en vez de ofenderte,

                               con sincero amor

                               he de hacerte dueño

                               de mi corazón.

 

                               Tus ojos divinos

                               no apartes de mí

                               y en la hora postrera

                               del temido fin,

                               mi alma en tus brazos

                               acoge al morir

                               amado REFUGIO

                               para ser feliz.

 

                               ¡Señor y Dios mío!,

                               con ardiente amor

                               he de hacerte dueño

                               de mi corazón.

 

 

Fotos: “jesusfco.”

 

 

 

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