Sensaciones nazarenas

por José Antonio García Carrasco

   

    Es la madrugada de Viernes Santo del año 2002, aún no ha amanecido, aún no se han apagado los ecos del silencio de la sagrada noche del Jueves Santo en la ciudad, con su venerado Santísimo Cristo del Refugio, en La Alberca con su severo desfile procesional, en una noche desapacible hasta el punto de suspender cortejos, como así sucedió en San Ginés.

    Los nazarenos de Jesús, se disponen a revivir, como lo hacen todos los años la Pasión según Salzillo y mientras se visten con su túnica morada miran con inquietud a través de la ventana las amenazantes nubes que no presagian nada bueno para el nazareno, aunque sea bien recibida por los agricultores debido a su escasez en esta Región, paradojas del destino y es que nunca llueve a gusto de todos.

    También se preparan, quizás camino de la Privativa Iglesia, haciendo uso del recuerdo para su particular Pasión, ya que cada uno desde su puesto, bien de penitente, de mayordomo o de estante y una vez comenzado el desfile, viven una serie de sensaciones de difícil descripción y encadenadas todas ellas hasta que regresan después de varias horas a su punto de partida con la satisfacción del deber cumplido, es el tiempo del "encuentro".

    Sí, es tiempo de encuentro, gran número de los que acuden a ver en la mañana del Viernes Santo Murciano su solemne procesión, lo hacen siempre y en el mismo lugar, es el momento de volver a ver personas conocidas que a lo largo del año por razones generalmente laborales, viven fuera y no los ves pero que acuden puntualmente a su gran cita, de tal manera, que el nazareno a lo largo del itinerario va adivinando quien encontrará en la próxima esquina, en la calle siguiente,

a la salida muchos de ellos, a la entrada otros, todos dispuestos a compartir un saludo y los típicos caramelos con que serán obsequiados por el amigo al que hace exactamente un año que no ha visto. Y así calle tras calle y año tras año, una sensación agradable y singular que se hace más dulce conforme se acumulan los años.
 


    También con cierta frecuencia sucede que cuando llegas a un lugar determinado y no encuentras al que esperabas, probablemente no lo vuelvas a ver jamás, así me ocurrió con Juanito el vendedor de la ONCE de Aljucer, cuyo sitio habitual era la Plaza de Verónicas y un poco más adelante en la administración de lotería de San Pedro, con barba blanca de varios días y sin arreglar, estaba Francisco Iniesta Abellán, "el maestro", quien me recordaba que él también había salido de estante en El Prendimiento y que luego más tarde con traje y corbata y bien rasurado la volvía a ver rodeado de sus nietos en la Plaza de Santa Catalina en la puerta de una conocida cafetería y dispuesto a saciar la sed provocada por el esfuerzo de tan digno trabajo.

    Para mi se presentaba un año muy particular, otro habitual, el que me había enseñado a madrugar en mis años de juventud, generalmente los domingos para quitar hierba en la huerta o plantar patatas, sobre todo si había trasnochado el sábado y siempre en Viernes Santo, no estaría en el estanco de la esquina de la calle Arrixaca para ver como el primer rayo del sol iluminaba el rostro de La Dolorosa.

    Las lágrimas de los estantes en la iglesia de Jesús, cuando anunciaron la suspensión del evento a causa de la lluvia me sirvieron de consuelo, ya que así todos estábamos tristes, aunque por distintos motivos y me ayudó a pasar el mal trago de no ver a mi padre en su sitio habitual.
 

José Antonio García Carrasco
publicado en la revista "Dolor y Perdón" de La Alberca, en 2003

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