¡ SILENCIO ¡

 

            Noche de Jueves Santo en Murcia. Procesión del Silencio. Cofradía del Santísimo Cristo del Refugio, imagen de Jesucristo crucificado en la Cruz, imagen que venero como tantas otras personas.

            Hoy, Padre mío, me piden que hable nuevamente de Ti. Pero Tú sabes que mi palabra es torpe, aunque mi corazón está lleno de sentimientos de amor y gratitud hacia Ti. Desde aquel Jueves Santo de hace 12 años, en que fijaste tus ojos en los míos y me llamaste para seguirte en procesión, cada Jueves Santo es el día más maravilloso del año. Desde la tarde, en que plancho la túnica, pendiente siempre del reloj, todo es nervio y tensión (¡que no se me olvide la contraseña!). Una última palabra a la familia y me pongo el capuz. ¡ Silencio !. Camino de la iglesia, desde el Barrio del Carmen, veo muchas personas que me miran, ¿qué pensarán?. Alguna vez me han llegado a preguntar algo y yo intento indicarles, con gestos, que no puedo hablar.

            Llegada a la iglesia. Son algo menos de las 9 y media de la noche. Dentro, nuevamente, ¡ Silencio ¡ (esta vez, también, exterior), poca iluminación, movimiento de los mayordomos de un lado para otro preparándolo todo. Las cofrades, de negro riguroso, se reunen en la Capilla del Santísimo. Se encienden las velas de los faroles del trono y éste es colocado por sus estantes en el centro de la iglesia. Comienzan a formarse las filas de cofrades impacientes, inquietos, deseosos de que empiece la procesión de penitencia. La Coral, desde el coro, entona temas sacros y, de repente, se hace la oscuridad. Se escucha, una vez más, la voz de D. Antonio González Barnés, auténtico nazareno de corazón, con el rezo de una oración, siempre sentida. D. Alfredo, nuestro Consiliario, nos dirige unas palabras animándonos a acompañar a Cristo por las calles de Murcia, con el pensamiento y el corazón puestos en el recuerdo de su Pasión y Muerte.

            ¡Son las diez de la noche!. Los tambores sordos resuenan, de pronto, y nuestros cuerpos se estremecen. ¡ Silencio ¡. Sólo el dolor, expresado por medio del sonido de los tambores, se “oye” en la noche. Dolor, sí, dolor en los que hacemos penitencia acompañando  al Crucificado y dolor en el corazón de las personas que asisten a la procesión del Stmo. Cristo del Refugio, Cristo Crucificado, a imagen de aquel que murió por nosotros hace más de 2.000 años.

            La procesión avanza entre el sonido de los cantos de las corales, la oscuridad de la noche y la “luz” que Él nos transmite. Cada cofrade que hace penitencia  esta noche tiene sus propios pensamientos, su propia motivación, realiza su personal oración para comunicarse con Él, tiene su particular forma de vivir ese contacto íntimo y profundo. El primer año que salí acompañando al Stmo. Cristo del Refugio, a la par que rezaba, notaba un dolor cada vez más intenso en la sien (a causa del capuz), pero ello me hizo centrarme aún más en la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Él dio su vida para salvarnos y mi dolor no era nada comparado con lo que Él sufriría antes de terminar expirando en la Cruz.    Éste último año (2009) fue algo diferente: esa “Pasión”, con características diferentes, se estaba produciendo en mi familia. Dos horas antes de salir en procesión me habían avisado de que mi hermano, con 52 años, había sido internado de urgencia en un hospital, se encontraba en la fase terminal de su enfermedad. Este año me correspondió ir de suplente como portapasos del Cristo, y lo llevé más tiempo que nunca. El esfuerzo que tuve que hacer fue mayor que otras veces. Noté el fuerte dolor en mi hombro, pero no me importaba, todo lo ofrecía por mi hermano. Le pedía al Señor del Refugio que le ayudara, que le permitiera dar el paso de esta vida a la otra de la manera más serena posible, ¡que pudiera descansar en paz!. ¡ Silencio ¡, Dios escucha. Mi hermano no se apartaba de mi mente. Finalmente, a las 3 de la madrugada del Domingo de Resurrección, Dios lo llamó.

            Entre pensamientos llenos de devoción a nuestro Cristo del Refugio, a la imagen que reproduce a Dios hecho hombre, transcurre la procesión. Arrodillados, respetuosamente, vemos pasar la imagen solemne del Stmo. Cristo del Refugio y cómo, con el fondo sonoro del precioso himno, entra en su casa, en la iglesia de San Lorenzo Mártir. Lo mismo vamos haciendo los cofrades y, en ¡ Silencio ¡, retornamos a nuestros hogares donde, primeramente, nos despojamos del capuz, con una sensación de alivio y de satisfacción por los momentos vividos.

            Y aunque parezca que todo se reduce a esperar al próximo año, al próximo Jueves Santo, no es así. Atrás quedaron, sí, los cultos al Stmo. Cristo del Refugio (el Quinario), y la misma Procesión del Jueves Santo,  pero el Viernes Santo nos espera un momento muy, muy especial, la Vela del Bendito Crucificado, una hora de íntima comunicación entre Él y yo, solos, en ¡ Silencio ¡. Es un momento digno de vivir, maravilloso, que me llena de una honda paz interior. A continuación, los Santos Oficios, con el Homenaje a la Cruz, procesionando al Cristo por el pasillo central de la iglesia y el Besapié, sentido y emocionante, de todos los presentes. Inmediatamente, vestirme, nuevamente, la túnica del Refugio y, sin perder tiempo, partir derecho a la iglesia de San Bartolomé para salir procesionando, en compañía de varios hermanos cofrades y representando a nuestra querida Cofradía, en la Procesión del Santo Sepulcro. Día agotador pero, ¡ Silencio ¡, Él se lo merece todo.

            Pero, para mí, igual que para otros hermanos nazarenos, los sentimientos cofrades no se circunscriben a la Semana Santa. Aún quedan, a lo largo del año, actos en los que tener presente a nuestro Stmo. Cristo del Refugio: la Eucaristía de los primeros jueves de mes, el día de la Exaltación de la Cruz (festividad del Stmo. Cristo del Refugio). Incluso, las cenas de fraternidad del Cabildo Superior de Cofradías y la más íntima de nuestra propia Cofradía, en noviembre, conmemorando cada nuevo aniversario de la creación de la misma. Llegado este momento, me veo en la necesidad de mencionar el gran honor que supuso para mí el ser nombrado Nazareno de Honor 2009 de nuestra entrañable Cofradía. Por supuesto que supone una satisfacción enorme, pero cuando te lo comunican te quedas aturdido. De verdad que no llegas a entenderlo. Yo entré en la Cofradía porque Él me llamó, y entré para servir, no para ser servido. Si yo me entrego (en la medida que me es posible) a la Cofradía, es por sincera devoción a la imagen del Stmo. Cristo del Refugio y a quien representa. Y me siento bien, me siento feliz colaborando en todos los actos en los que puedo estar presente, me siento feliz colaborando con los demás. ¡Es tanto lo que recibo de Él, tanta la satisfacción interior que obtengo en esos momentos, que ese es, para mí, el mayor honor!.

            Mas, uno es humano y ese gesto de infinita generosidad por parte de la Junta de Gobierno de la Cofradía del Stmo. Cristo del Refugio ha sido, para mí, la mayor alegría recibida durante el pasado año 2009. ¡Gracias, hermanos! ¡Que nuestro Padre Celestial os bendiga!.

            Y hasta aquí estas torpes, pero sentidas palabras de un humilde cofrade de la Procesión del Silencio, Cofradía del Santísimo Cristo del Refugio, noche de Jueves Santo en Murcia.

            ¡ Silencio ¡ Cristo ha muerto… y de una muerte de Cruz.

 

 

                                                           Jesús Fco. Álvarez Alarcón

                                                           Cofrade de Honor 2009

                                                           Murcia, 20 de enero de 2010

 

 

 

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