EL MENSAJE DE LAS HIJAS DE JERUSALEM
“Hijas de Jerusalem. No lloréis por
mí, llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos.” (Del Evangelio de San
Lucas).
Juan González Moreno era un hombre culto, un estudioso, un
perfecto conocedor de la técnica y del significado de la obra de arte. Sus
viajes a Italia en 1949 y 1952, así como su estancia en París en 1955 (en pleno
proceso creativo de las Hijas de Jerusalem) le permiten conocer de primera mano
la obra de los retratistas clásicos, el tratamiento que éstos hacen de la figura
humana y del mensaje divino. Todo ello posibilita la realización del paso que
nos ocupa en un punto álgido de la carrera del de Aljucer: el encargo recibido
en 1954 y entregado en 1956 a la Archicofradía de la Sangre del grupo de las
Hijas de Jerusalem.
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Interpreta González Moreno
el fragmento del Evangelio de San Lucas en un paso compuesto por cinco
figuras, Jesús acompañado por el cirineo, dos mujeres y un niño. La escena
es de una tremenda fuerza compositiva, pero sobre todo, de un acertadísimo
diseño de cara a transmitir el mensaje para el que fue concebido, el mensaje
que el mismo Cristo transmite en Su Pasión. |
El paso de procesión no es una escultura religiosa sin más.
El autor ha de saber componer formas y expresiones para una adecuada
contemplación de la obra desde una óptica situada por debajo del grupo, que,
además irá en movimiento. Ello implica la multiplicidad de la situación del
espectador, y un mayor compromiso artístico para obtener la perfección del
resultado. Pero al mismo tiempo, la procesión no es una exposición itinerante.
La procesión tiene un mensaje religioso, catecumenal. Se trata de conmover e
implicar al espectador en la contemplación de la Pasión, Muerte y Resurrección
de Jesucristo. Hacerle partícipe de la misma.
Mediado el siglo XX, la situación de España no es la misma
que cuando en tiempos de Contrarreforma, desde el Concilio de Trento se impulsa
el concepto procesional de acuerdo a una concepción muy concreta del hecho
religioso. Sin embargo, no hay que olvidar que el Régimen establecido en el
Gobierno de España en los años 50 contribuye de forma consciente al aliento de
las manifestaciones religiosas, incluso cargadas de un cierto dramatismo.
El pasaje del Evangelio de San Lucas que se representa es
explícito cuando recrea las palabras de Jesús: No lloréis por mí, hacedlo por
vosotras y por vuestros hijos. ¿Por qué por vuestros hijos? Porque Cristo no se
refiere a las mujeres que halla en su camino como personas concretas, sino como
símbolo de toda la Humanidad. Jesús no habla, no lo hace casi nunca, sobre
aspectos pasajeros, sino que dirige Su mensaje al conjunto de los hombres, de
los hijos de Dios. Y cuando lo hace, cuando incluye en dicho mensaje a ‘vuestros
hijos’ salta la limitación temporal, se dirige a todos los hombres de todos los
tiempos, a los que lloramos la Muerte de Cristo y celebramos su Resurrección.
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Por eso siempre me ha
impresionado la figura del niño de las Hijas de Jerusalem. Porque ese niño
somos todos nosotros. Lo mismo los que fundaron la Archicofradía que los que
les sucedieron. Los que encargaron el grupo mediado el siglo XX y los que lo
hemos descubierto más tarde. A todos nos representa, por nosotros es por
quien lloran, siguiendo las palabras de Jesús, las Hijas de Jerusalem. |
De la maestría de González Moreno parte esta realización
escultórica del hecho religioso, una símbolo que, por otra parte, alcanza
similitudes a lo largo de la Historia del Arte en otras muchas representaciones
en las que una figura de un niño ha querido representar al pueblo, como es el
caso, que debió conocer González Moreno, del Augusto de Prima Porta, en la que
el Emperador, revestido de todo el poder de su rango y luciendo insignias
militares, tiene junto a él un niño, en representación del pueblo de Roma.
Conjuga por tanto González Moreno el conocimiento de la
Historia del Arte con la perfección en el tratamiento del mensaje religioso.
Conjuga en su obra dos planos claros, el místico, el divino, el de Jesús que cae
bajo el peso de la Cruz y el humano, representado por ese cirineo que
ensimismado mira a Jesús mientras le ayuda a cargar la Cruz, por las mujeres que
contemplan la escena y por ese niño que, más que ofrecer ayuda, la demanda
extendiendo su mano hacia el Cristo.
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Jesús
gira la cabeza, rompe el plano divino y se introduce en el humano. Es Dios,
pero también es hombre, es el nexo de unión que muriendo como un hombre nos
salvará a todos. A esas mujeres les dice que no lloren por El. El va a
Resucitar. Al tercer día reconstruirá el templo. Pero nosotros lo hemos
perdido. Nosotros tendremos que vivir en Su mensaje, pero nunca más le
tendremos en carne. Llorad por vosotras y por vuestros hijos. |
Contrasta esta representación de Jesús caído, del Cordero que
se dispone a entregarse al sacrificio, con otras en las que lo que se refuerza
es la condición divina, la comunión espiritual Padre-Hijo, como esa magnífica
talla de la Caída de Francisco Salzillo (1752) en la que eleva los ojos al
cielo, en que no mira a los hombres sino a Dios.
Arte y doctrina elevados por Juan González Moreno a niveles
de perfección y exquisitez propios de quien se hizo un hueco por su sobrados
mérito entre los grandes genios de la Historia de Murcia. Una obra que es algo
más que un Paso de Semana Santa, sin dejar, afortunadamente para los de la
Sangre, de serlo y de deleitar cada Miércoles Santo a miles de murcianos.
Agustín Alcaraz Peragón (Publicado en la revista de la Tertulia Nazarena)