TARDE DE MIÉRCOLES SANTO

por Alberto Castillo Baños

    Realmente hacía calor aquella tarde. El sol, implacable, caía dorando con sus rayos los parduscos tejados de las casas. En cambio, al reflejarse en las fachadas blancas, cegaban con su luminosidad de mediodía. Todo era quietud y silencio.

    En las angostas callejuelas, de vez en vez, un airecillo suave y reconfortante, con perfume de azahares llegado de los huertos cercanos, ponía una nota aromática en el hermoso concierto de la primavera ciezana. Presidiendo, allá a lo lejos, el pico chato, majestuoso, de la histórica Atalaya.

    Poco a poco, lentamente, Juan se fue desnudando frente al espejo desconchado del armario de luna, recuerdo omnipresente del ajuar de bodas. Su cuerpo, cansado y viejo, no podía soportar el calor de las horas de la siesta y era necesario buscar el frescor de las sábanas para mitigar los rigores de la canícula. Sólo con una camisa de algodón, de las de cuando vivía su Maruja, y unos calzones a media pierna, se tumbó en el lecho con la intención de entregarse al descanso...

    Era Miércoles Santo, pero a él poco le importaba ya. Eso era antes, cuando cargaba sobre sus recios hombros morunos el peso de su Cristo del Consuelo. Entonces sí era Miércoles Santo. Se puso a recordar cómo se vestía su túnica nazarena, cómo se dejaba arreglar, mimar, por las manos primorosas de su Maruja, la única que había querido en esta vida. Se rociaba, incluso, con colonia... y eso que él no era amigo de mejunjes, con el agua le bastaba. Pero no, ese día no, porque era Miércoles Santo y cargaba con el Santo Cristo... la ocasión lo merecía.

    Tuvo que venir aquél fallo en el corazón de su cuerpo labrador, para que el médico, maldito médico, le dijera que nada de esfuerzos, prisas, trabajos o sudores; y mucho menos pensar en procesiones, que no estaba su salud para andar con bromas. ¡Que cosas tiene esta vida! Hacía ya de aquello quince años, y seguía en pie; en cambio su Maruja, que vendía salud y hermosura, estaba debajo tierra. ¡Maldita sea la hora...!

    Fue entonces cuando dejó su puesto bajo el pesado trono, para que su hijo, su único hijo, el Pascual, tomara la túnica y ocupara su lugar. ¡Qué días aquellos! Siempre lo mismo, cuando faltaba una hora para la salida de la procesión, allí que llegaba el hijo, vestido ya de nazareno, y con las mismas palabras... “Padre, vamos a sacar al Santo Cristo”. El hacía caso a regañadientes por fuera, pero con una ilusión infinita por dentro... “Déjame ya, joer Pascual, que yo ya no estoy pa esto, que no hombre, joer que pesao eres....” ¡Pero cómo le gustaba que su hijo casi le arrastrara del brazo y le sacara a empujones de la casa! Andaban por la calle erguidos, orgullosos, con la vista bien ariba; una paradica en la esquina del Convento, en los Valencianos, un cafetico rápido y andando por San Sebastián para buscar la Iglesia. Ya estaba la gente cogiendo hueco en las baldosas. Los balcones, repletos de personas, lucían engalanados con mantones y banderolas... Padre e hijo encontraban su trono bajo las amplias bóvedas de la Basílica. Una vez allí, y cuando iba a salir a la calle el Cristo, el hijo cogía a Juan y le ponía bajo las andas... “anda, viejo gruñón, que es to tuyo...”. Y vaya si lo era. Con qué fingida rabia metía el hombro y lo levantaba hasta sacarlo a la calle. Ya en ella, Pascual se metía en sus sitio de andero y Juan marchaba, más contento que nunca, a ver pasar al Santo Cristo por las cien mil esquinas y rincones de la Carrera.

    ¡Dios mío, qué soledad! Tuvo aquel mal nacido camionero que dormirse, tuvo que irse la dirección de aquél monstruo de acero, tuvo que a matar a su Pascualico, precisamente en la flor de la vida. Y después.... Pues después ná de ná. Porque la Carmen, su nuera, que siempre había sido mu despegá pa sus cosas, si te he visto no me acuerdo. Y precisamente por eso, por lo rara que es, ella en casa con su nieto y él en la suya, solo, sin nadie que le diga “¡púdrete!”... Lo siento por el crío, que apenas sí lo he rozao, tiene que tener ya seis años, pero no lo he disfrutao... ¡Como tiene esa madre, que tiene! Cualquier día le va a arreglar la túnica de su abuelo y de su padre, pa que salga en la procesión... Pero qué calor, Dios, esto no hay quien lo aguante... Vamos a ver si me quedo una chispa clisao, a ver si entornando la ventana un poco más, entra una miaja de fresco...

    No sé ni la hora que es, está más oscuro que cuando me acosté, y la gente está por la calle, tiene que ser por lo menos las siete. En fin... Poco a poco, Juan se va vistiendo... pantalones de pana, la camisa de cuadros, de franela, de las de toda la vida.... Pero de pronto, dos golpes secos en la puerta. Otros dos más, con insistencia... ¿Quién será a estas horas? Como sea el Joaquín, que me dijo que pasaría a buscarme para ver la procesión, va fresco conmigo; porque si ayer fui al Prendimiento, hoy no salgo a la calle, pos sí hombre, Miércoles Santo, con el Cristo por ahí y yo sin poder... Rezongando se acercó a la puerta, y al abrirla, una figurica risueña y grácil, con la túnica del Cristo, que le dijo... “Agüelo, vamos a sacarlo...”

Cieza, marzo de 1986
Revista de la Semana Santa de Cieza de 1986

 

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