EL TRONO-TEMPLETE DE LA VIRGEN DEL ROSARIO
DE LA IGLESIA CONVENTUAL DE SANTA ANA
DE MURCIA
Hermano de la Archicofradía del Rosario y Licenciado en Historia del Arte
El trono-templete de Nuestra Señora del Rosario de la Iglesia conventual de Santa Ana, realizado probablemente a finales del siglo XIX, es el último exponente conservado de la interesante tipología desarrollada en la ciudad de Murcia a través de los siglos. Dicha tipología, reservaba para las imágenes marianas más veneradas de esta capital, la posibilidad de procesionar sobre vistosas y lujosas andas cuya principal singularidad residía en estar totalmente cubiertas por una estructura a modo de templete o baldaquino.
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En éste se reservaba, sobre
una alta peana tallada, el espacio adecuado para magnificar y ensalzar de
manera apoteósica la imagen de la Santísima Virgen. Aunque este modelo, con
ligeras variantes entre los distintos ejemplares, estuvo muy desarrollado en
Murcia, lo cierto es que su tipología está extendida por gran parte de la
geografía española. No obstante, y como se verá más adelante, es en
determinadas latitudes donde adquiere una importancia significativa. A través de estas obras, las cofradías que las promovían y, en su mayor parte, las sufragaban conseguían que sus imágenes titulares resultaran resaltadas de una manera determinada. En efecto, el parangón con los carros y custodias procesionales del Santísimo Sacramento es más que evidente. De este modo lograban equiparar y prestigiar la figura de la Virgen titular con la de su Hijo Sacramentado, a la vez que otorgaban a sus instituciones cofrades un halo de “prestigio religioso y social”, similar con el que contaba solamente el principal culto público anual; la festividad y procesión del Corpus Christi. |
De hecho, a lo largo de los siglos XVI y XVII las cofradías, tanto letíficas como pasionarias, tratan de emular y asimilar las diversas facetas de este culto Eucarístico itinerante, como lo atestigua el acompañamiento litúrgico de que las cofradías dotan a sus procesiones (uso del palio de respeto tras las imágenes, aparición de grupos procesionales derivados de los carros alegóricos de la procesión del Corpus, etc...). No obstante, fue el célebre platero Juan de Arfe y Villafañe quien, en su conocido tratado Varia Conmesuracion, recomendaba el uso de andas cubiertas con templetes a la hora de procesionar imágenes religiosas. Incluso, en la propia obra incluyó una serie de trazas “ideales” en las que se mostraban armoniosos y renacentistas templetes de planta central cubiertos por distintas construcciones en las que se alternaban los distintos órdenes arquitectónicos, el dórico, el jónico y el corintio. Bajo las mismas suntuosas edificaciones, que deberían ser de plata preferentemente, irían realzadas las imágenes de devoción.
Se ignora, sin embargo, si estas recomendaciones fueron el origen de esta singular tipología. Lo que es seguro es que las cofradías promotoras no siempre debieron contar con los medios económicos suficientes para ejecutarlas de la forma tan suntuosa y magnífica que auspiciaba Arfe. Máxime cuando estas debían atender preferentemente los cuantiosos gastos de la edificación y ornamentación de sus capillas en las que poder venerar dignamente a las imágenes titulares[1]. Bien es cierto, que en ciertas ocasiones aparecía la munificencia de algún adinerado cofrade con cierta disposición a ganarse a golpe de talonario el “descanso Eterno”. En esos casos, una vez solventados las necesidades primordiales señaladas, se iniciaría la construcción de estas arquitecturas efímeras en la que magnificar y agasajar a María Santísima durante sus fiestas principales. En los casos que no exista ningún comitente de tales características y en que, además, la imagen mariana resulte de especial devoción y vinculación con la ciudad otros promotores o corporaciones pueden ser los encargados de sufragar los costes. Tal es el caso del primer modelo de trono-templete del que hay constancia en Murcia. En
[1] En este aspecto es ejemplar el caso de la Archicofradía del Rosario de Murcia, con sede en la Iglesia de Santo Domingo, que mantuvo durante siglos costosos programas arquitectónicos y ornamentales destinados a engrandecer el culto de su titular que, no en vano, era una de las imágenes más veneradas de dicha ciudad. Diversos autores han tratado sobre los mismos, destacando J.C. AGÜERA ROS, Un ciclo pictórico del 600 murciano; la Capilla del Rosario, Murcia, Academia Alfonso X el Sabio, 1982, págs. 23-57 y M. PÉREZ SÁNCHEZ, La magnificencia del culto. Estudio histórico-artístico del ornamento litúrgico en la Diócesis de Cartagena, Murcia, Academia Alfonso X el Sabio y Obispado de Cartagena, 1997, págs. 183-186.
efecto, en el año 1605 el Concejo de la ciudad se comprometió a la construcción de un tabernáculo de plata en el que venerar a la imagen de la, entonces, patrona de la ciudad, la Virgen de la Arrixaca. Este compromiso, más tarde, se amplió a unas andas y una peana, también argénteas, que fueron efectuadas, como todo el conjunto, por el orfebre cordobés Juan Bautista Herrera. Se sabe, además, que los pagos se demoraron por diversas causas hasta 1628, lo que lleva a establecer como esta la fecha en que la patrona de Murcia pudo estrenar su argentea arca[1]. Ya en el siglo XVIII, en concreto el 2 de Septiembre de 1712, otro comitente, esta vez el Cabildo Catedralicio, corrió con los gastos de unas reformas efectuadas en las citadas andas y tabernáculo por el platero José Grao y García que ascendieron a la cantidad de 600 reales de vellón[2].
El uso que se diera a las mencionadas andas procesionales durante todo el siglo XVII, y gran parte del XVIII, debió ser considerable si se tiene en cuenta que, a pesar del dictamen del rey Alfonso X[3], la imagen de la Virgen de la Arrixaca salía con bastante asiduidad a la calle con motivo de rogativas y otros acontecimientos de relevancia[4]. Sin embargo, no debió ser esta la única causa de la difusión en la ciudad de esta tipología de trono templete (baldaquino o tabernáculo), sino principalmente el propio carácter de la Arrixaca como patrona de la ciudad. Resulta digno de mención las importantes influencias que suelen ejercer las imágenes de las patronas sobre el resto de las imágenes de sus ciudades; estas pueden ir desde la aparentemente simple conformación y disposición del atuendo, los atributos y adornos que porta[5], o incluso la singular disposición de los ojos[6]. Murcia
[1] J.M. ANTÓN HURTADO, De la Virgen de la Arrixaca a la Virgen de la Fuensanta, Murcia, Universidad de Murcia, 1996, pág. 39.
[2] F. CANDEL CRESPO, Plateros En la Murcia del siglo XVIII, Murcia, Francisco Candel Crespo, 1999, pág.146.
[3] Por el cual se establecía que la imagen de la Virgen de la Arrixaca sólo procesionaría con motivo del centenario de la cristianización de la ciudad de Murcia, es decir, cada 100 años. La última ocasión que esto sucedió fue en 1943 aunque más que un acto de fervor religioso hacia la imagen resultó una conmemoración cívica de la “reconquista” de la ciudad. En este sentido ver J.M. ANTÓN HURTADO, De la Virgen de la Arrixaca... , ob. cit., pág. 98.
[4] C. BELDA NAVARRO, Escultura en el siglo XVII ver Historia de la Región Murciana...
[5] Algunos autores han señalado este hecho, recalcando que se trata de una misma concepción de la imagen pero a la que se tratan de añadir algunas diferencias mínimas para que se caractericen y diferencien unas de otras. En este sentido destacar D. FREEDBERG, El poder de las imágenes, Madrid, Cátedra, 1992, pag. 142-144.
[6] Es el caso singular de la Virgen de las Angustias, patrona de Granada, cuya posición de los ojos, con un fuerte sentido agónico (de insinuado origen nórdico) se ha dejado sentir a lo largo de la historia artística de la ciudad. Desde el patético Cristo de San Agustín de Jacobo Florentino (siglo XVI) a la Virgen de la Aurora de la Iglesia de San Miguel Bajo (siglo XVIII), pasando por la Virgen de la Esperanza de José Risueño (finales del siglo XVII), por poner sólo algunos ejemplos.
no es ninguna excepción en este sentido, más bien todo lo contrario; la vestimenta desarrollada por la Virgen de la Arrixaca y los atributos y adornos que la enjaezaban durante todo el siglo XVII se conformaron totalmente en el siglo XVIII. Existe un testimonio excepcional de este atuendo en la fachada de la antigua iglesia del Convento de San Agustín (hoy San Andrés); aquí aparece la citada imagen luciendo cabello natural, vestida con manto y saya, rostrillo enmarcándole la faz, corona imperial y media luna a sus pies[1], todo ello probablemente de plata.
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Pues bien, de manera análoga aparece la Virgen de los Remedios en la fachada de la Iglesia de la Merced (incluso con mayor profusión y riqueza en los elementos decorativos)[2], la Virgen del Rosario en su rico camarín de Santo Domingo y, por supuesto, la Virgen de la Fuensanta (actual patrona de la ciudad). Parece como si el prestigio de tales atributos se “contagiara” de una imagen a otra. De hecho, durante el siglo XVIII todas las imágenes mencionadas vestían de igual modo; la gran diferencia, el prestigio que unas tenían sobre las demás, lo constituía, entre otros factores menos llamativos (aunque no menos significativos), la fastuosidad y riqueza de sus andas procesionales y, por supuesto, el hecho de que llevaran adosado un gran templete o baldaquino que las cubriera y magnificara durante su recorrido procesional. |
Y, en efecto, la única de tales imágenes que, al margen de la Arrixaca, pudo ostentar tal alarde fue la Virgen del Rosario de la Iglesia Conventual de Santo Domingo. Para esta imagen, ligada secularmente a su poderosa Archicofradía, se realizaría a finales del siglo XVII un trono-templete destinado a superar en belleza y ornamentación a las múltiples andas procesionales con que ya contaba la imagen en ese periodo[3]. El hecho del alto número de
[1] Como se podrá comprobar, vestida de manera totalmente distinta a la pobre imagen que ofrece en la actualidad, desposeída de todas sus vestiduras y atributos, destinada a ser un tosco y falso revival tardomedival engendrado a fines del XIX e inspirado en el grabado correspondiente de las Cantigas de Alfonso X, cuyo iluminador, probablemente, nunca llegó a ver la imagen original de Murcia.
[2] Hoy, por desgracia, también desposeída de su vestimenta barroca, al igual que la Arrixaca, y destinada a enseñar la frialdad de la piedra con la que fue realizada.
[3] J.A. FERNÁNDEZ SÁNCHEZ, “El trono procesional y la Semana Santa de Murcia” en Imafronte nº 16, Murcia, Universidad de Murcia, (En prensa).
andas con que contaba esta imagen venía determinado por las distintas procesiones que las Constituciones de la Archicofradía obligaban a realizar a sus componentes con la imagen de su titular. Tradicionalmente, el más lujoso de ellos se reservaba para que Nuestra Señora del Rosario “asistiera” acompañando al Santísimo en la procesión del Corpus Christi que organizaba el Cabildo de la Catedral[1]. En el año 1629, curiosamente un año después de que el Concejo de la ciudad concluyera lo pagos del trono de la Virgen de la Arrixaca, los cofrades del Rosario proyectaron el encargo del suyo con el platero Miguel Blas, aunque este no estuvo concluido hasta una década después[2]. Parece más que evidente la relación causa-efecto entre la finalización del tabernáculo de la Arrixaca y la proyección de las nuevas andas por parte de la Archicofradía del Rosario; de esto se extrae el más que probable entusiasmo que debió suscitar el primero de los tronos-templete en la sociedad murciana del momento y la celeridad de la respuesta de los congregantes del Rosario, nunca dispuestos a que su imagen se quedara a la zaga.
[1] Esta salida procesional se mantuvo hasta comienzos del siglo XX. Además se mantenía en estas salidas el carácter de co-patrona que tenía Nuestra Señora del Rosario de la Iglesia de Santo Domingo en la ciudad de Murcia al observarse en Diario de Murcia, Sábado 2 de Junio de 1888, que en la procesión del Corpus de la Catedral solamente salieron la imagen de la Virgen del Rosario, en representación propia y de la Patrona, y la muy pobremente decorada de San Patricio... que, anecdóticamente, era portada por 4 guardias municipales.
[2] Cita desconocida, pág. 23.