LA FLAGELACIÓN EN LOS EVANGELIOS

Y EN LA HISTORIA

    Un paso tan antiguo y tan frecuente en las procesiones de cualquier localidad, como la Flagelación, segundo Misterio Doloroso del Santo Rosario, no responde, sin embargo a una extensa y detalla descripción evangélica del pasaje. Al contrario, una simple frase, expresando que Pilatos mandó a la soldadesca que Cristo fuera azotado, es toda la noticia que San Mateo, San Marcos y San Juan ofrecen del hecho, y San Lucas ni siquiera menciona este suplicio en su relato.


Dice San Mateo, (27:26): “Entonces, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarle, se lo entregó para que fuera crucificado”.
En San Marcos, (15:15): “Pilatos, entonces, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuera crucificado”.
 

Y finalmente, señala San Juan, (19:1): “Pilatos entonces tomó a Jesús y mandó azotarle”.

Así pues, el número de azotes y el de azotadores, la forma en que fue amarrado el reo, los detalles sobre la supuesta columna y otras circunstancias deben deducirse de la investigación histórica y arqueológica, que nos ha permitido conocer la forma en que los romanos aplicaban este tormento brutal a los reos.
Jesús fue condenado a muerte por el sanedrín judío, siendo acusado de blasfemia, pero la situación política de Judea, ocupada y gobernada por los romanos, impedía a los sacerdotes y fariseos aplicar la pena, que hubiese consistido en la lapidación. Por eso, se vieron obligados a acudir al gobernador romano, Poncio Pilatos, que era quien tenía poder para ordenar una ejecución.


Pero surgió un problema: al romano le traían sin cuidado las farragosas cuestiones religiosas de los judíos, y además no veía razón alguna para condenar a muerte a aquél hombre “en quien no encontraba culpa alguna”.
Por eso, los acusadores acabaron cambiando de estrategia y comenzaron a acusar a Cristo de querer proclamarse Rey y amenazaron a Pilatos con decir por ahí “que no era amigo del César”. Viendo peligrar su carrera política, acabó plegándose a los requerimientos de los agitadores, no sin antes haber ideado diversas estratagemas para liberar al Señor.
Primero, envió a Jesús a Herodes, que gobernaba en Galilea y se hallaba en Jerusalén por la Pascua, para que se hiciese cargo de él. Luego, siguiendo la costumbre de liberar a un preso por la fiesta judía, le dio a la plebe a elegir entre Cristo y Barrabás. Y en última instancia, en un postrero y desesperado intento, quiso Pilatos provocar la compasión de los acusadores ordenando a la tropa que azotara brutalmente al preso. Nada acalló los gritos que pedían al procurador que crucificara a Jesús.
La crucifixión era una forma de ejecución reservada a los enemigos del Imperio y a los malhechores que, de camino al lugar del ajusticiamiento, era flagelado. Un azotamiento en la sede del Tribunal, como sucedió con Jesús, era poco habitual, pero ya hemos visto que en éste acaso, lo que se perseguía era buscar la compasión de la multitud aplicando un castigo que pretendía ser sustitutivo de la crucifixión.
A Cristo le debieron atar a una columna alta o a una viga, con los brazos por encima de la cabeza, de manera que todo el cuerpo quedara expuesto a la acción de los flagelos. Le golpearon, posiblemente, con un azote consistente en un mango al que se ataban tres tiras de cuero rematadas por bolas de plomo o astrágalos de carnero. El número de golpes, en la flagelación judía, era de 40, pero en la romana no había otro límite que el que aconsejara la intención de debilitar al reo sin causar su muerte. Los azotes los aplicarían, alternativamente, dos verdugos, sin perjuicio de que fueran varios más los que se fueran turnando en la aplicación del castigo. Todo el cuerpo de Jesús fue sometido a la acción de los flagelos, exceptuando la cabeza y el pecho, zonas vitales que eran preservadas para evitar el fallecimiento prematuro del condenado.
 

        Así debió ser la flagelación de Cristo, último intento de Pilatos de evitar la crucifixión del Nazareno. Y con mínimas variantes con respecto a lo que la historia y la arqueología nos enseñan, como la posición del condenado, así nos la mostró Salzillo en su magistral Cristo de la Columna, que cada Semana Santa recorre las calles de Jumilla provocando la compasión y la admiración de propios y forasteros.



José Emilio Rubio Román


 

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