SENTIMIENTOS DE UN HERMANO COFRADE
¡HOLA, Padre! Tú sabes que deseaba desde hace tiempo expresar en voz alta y compartir con los demás, con mis hermanos cofrades, al menos una parte de esos sentimientos que me embargan, especialmente en Semana Santa, desde que soy cofrade del Santísimo Cristo del Refugio. Al fin me he decidido a hacerlo. Perdona, perdonadme, si no soy capaz de expresarme mejor.
Tú sabes, ¡Padre!, los momentos que pasaba (antes de salir en procesión) todos los Jueves Santo en la Plaza del Cardenal Belluga, cuando te paraban y te inclinaban casi enfrente mía, y te veía tan cerca, mirándome fijamente, entrando en mi corazón, oyendo emocionado tu himno. Las lágrimas acudían a mis ojos y me resultaba muy difícil seguir mirándote, sintiéndome pecador, pidiéndote perdón por mis faltas y ayuda para hacer frente al mal. Sobre todo, recuerdo aquel día en que, por fin, me di cuenta que me estabas llamando para acompañarte, junto con mis otros hermanos del Refugio. Y, para mí, desde entonces, la Semana Santa tiene un significado distinto, mucho más profundo.
Tú sabes, ¡Padre!, que, para mi padre terrenal, el Jueves Santo era un día muy especial, procesionaba su Cristo legionario, su Cristo de la Buena Muerte, en la andaluza ciudad de Málaga. Desde hace unos años, el Jueves Santo es, también para mí, un día sumamente especial, en el que tengo el honor de acompañar en procesión la imagen del Santísimo Cristo del Refugio.
Tú sabes, ¡Padre!, que, cuando puedo, acudo los primeros jueves de mes a oír misa, a estar contigo en tu Iglesia de San Lorenzo. Yo no tengo ningún familiar fallecido que fuera cofrade del Refugio, pero pido por mi padre terrenal que se fue contigo hace casi tres años, y recuerdo a los hermanos cofrades que ya no están con nosotros, aunque no haya tenido contacto con ellos y, especialmente, pido por D. Ramón Sánchez Jaén, que firmó mi título de cofrade, pero al que no llegué a conocer (yo entré cuando él estaba enfermo, a punto de emprender el camino a la vida eterna) y al que, a pesar de ello, admiro profundamente, pues son muchos los testimonios recibidos que confirman mi humilde apreciación de que era una persona realmente excepcional.
Tú sabes, ¡Padre! que, para mí, los dos días más felices del año son el Jueves Santo, cuando salgo en procesión acompañando tu imagen como Cristo del Refugio y, el Viernes Santo, cuando estoy a tu lado velándote, sintiendo tu presencia dentro de mí. Recuerdo la primera vez que estuve custodiando tu imagen: yo solo frente a Ti, mirándote, mirándonos, mientras los pensamientos fluían en mi mente en forma de oración sin palabras, con peticiones, con súplicas, que ni siquiera podrían explicarse, pero que yo sé que Tú entendías mejor que nadie. Humedecidos los ojos, me sentía agradecido por todo lo que me habías dado en esta vida, por todo lo que en ese mismo momento me estabas dando. No sería capaz de expresarlo mejor, pero pocas veces he vivido momentos de tan intensa felicidad interior como en ese momento.
Por todo ello, gracias, ¡Padre!; gracias, Santísimo Cristo del Refugio.
Jesús Fco. Álvarez Alarcón
publicado en la Revista "Silencio" (Nº 5 - Año 2003), de la Cofradía del Santísimo Cristo del Refugio.
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