Misticismo y drama para el ambiente del arte escultórico

Voz de clarines, rosarios de luces Diario La Verdad.
28 de abril de 1935.
Enviado por nuestra forista Estrella



    Entraba con nosotros un viajero a Murcia en una tartana de las que alegraron las calles antaño con sus trinos de cascabeles, y lleno de esa locuacidad que osadamente despilfarran ciertos seres de tipo analítico y observador, iba poniendo en cada cosa que sus ojos descubrían, una frase de censura. La incomodidad del carruaje, la escasez del alumbrado público, la molestia de los consumeros, con el pincho en ristre, todo ello y mucho más tuvo, en los pocos minutos que estuvimos juntos a pesar nuestro, comentarios irónicos de protesta.

    Una de las cosas que más a chacota hubo de tomar, fue la angostura de la mayor parte de las calles. Nos habló de la de Alcalá en Madrid, de la Rambla en Barcelona, de los bulevares parisienses y de aquellas avenidas neoyorquinas que se designan como las sinfonías de Beethoven. Y no es de extrañar suponiendo que las calles anchas deban despertar la maravilla de los papanatas, si al nombrar la Quinta Avenida, esos viajeros locuaces y criticones se ponen serios y lanzan una exclamación de pasmo, que no lanzarían tal vez si hubiésemos mentado la Quinta Sinfonía o el Coloso de Rodas.

    Entre las demás personas que ocuparon la tartana, no se tomó nadie la molestia de contradecirle. Quizás algunos admiraron la extensa cultura turística del recién llegado y, no encontrando razones que oponerle, sintieron con todo su pesar que en Murcia no hubiese habido una Gran Vía de dos leguas de ancha para darle con ella en las narices y hacerle callar.

    Claro es que muchas cosas han de considerarse desde el punto de vista en que se están viendo y no desde dos puntos a la vez. Y lo que se mira a la luz sola de la tradición se concilia mal con lo que se examina y se juzga exclusivamente a la luz del progreso. Ambos, en rigor, han de ir moderándose con interposiciones recíprocas, porque ni lo tradicional sin orden ni medida es preferible, ni lo es lo nuevo por el solo motivo de haberle chafado la guitarra a algo antiguo.

    La cuestión es que aquel hombre descontentadizo no estaba en lo cierto. Porque Nueva York se encuentra al otro lado del Atlántico muy bien situada, derribando y levantando cada día rascacielos más altos, para los que prefieren ciudades en que predomine lo colosal, y Murcia, escondidita en su huerta, arrullada por su río, embalsamada por sus bosques de naranjos y dorada por su sol, se está mejor a la parte de acá, para los que la miramos envuelta en la aureola de su historia, sin que las calles angostas y tortuosas sean un baldón de ignominia, antes al contrario, siendo una cosa tan natural como que era antes exigida por el clima en los países meridionales.

    Y ahora, en estos días pasionarios, la calle estrecha y retorcida es cuando tiene más justificación, porque contribuye al lucimiento de los cortejos procesionarios y, si tenemos licencia para emplear un vocablo de moda, añadiremos que ambienta admirablemente las jornadas religiosas.

    ¿En qué se puede estimar que las procesiones murcianas no pidieron nada prestado a las de otros sitios? En el conjunto de pormenores que les dan un carácter genuino. Ya sabemos que ni son semejantes a las de Andalucía o de Castilla, ni siquiera a las de poblaciones de la misma provincia en donde se celebran con esplendor y lucimiento.

    ¿Son mejores o peores? Son distintas, y basta; es decir, son las de aquí, para catarlas con el alma de par en par abierta a sus emociones, sin que haya la menor sombra de desdén acerca de las otras. Porque, la diversidad de las cosas, no es menester traducirla en un mensurar xenófobo, o en una comparación odiosa acerca del mérito de las esculturas o de la riqueza de los mantos. ¿Por qué no han de ser buenas procesiones las de este o el otro lado, y buenas también las de Murcia? Al menos, nosotros no nos meteremos a justipreciar la medida relativa de los méritos de cada una. Quede eso para otros cronistas más aficionados a las operaciones aritméticas.

    Y conste que esa salvedad no lleva más ni menos implícita la intención de que se estime por las mejores a las nuestras. No se trata aquí de un concepto de mejor ni de peor, sino de cualidades específicas. Don Juan Valera ha trasladado a uno de sus libros el epitafio de cierto señor de Madureira “o melhor camtor do mundo”, que pone en ridículo cierta presunción atribuida, no sabemos si con razón a sin ella, a los portugueses. No queramos nosotros tener las mejores procesiones del mundo. Pero que nos sea permitido gozarnos de que son como son, y de que así las queramos para alto deleite y edificación de nuestro espíritu.


    Hay que dolerse de algunas cosas que se van. No nos atrevemos a decir que se vayan en provecho o en daño de alguien; pero sí con nuestro sentimiento. Y una de ellas es la indumentaria huertana. Puestos a declarar opiniones, aseguramos con la mayor firmeza que si los donceles ni las vírgenes rurales, ni las matronas ni los viejos, han ganado en elegancia ni en vistosidad ni en ninguna otra condición apetecible trocando sus vestidos de antes por los que ahora, en cualquier bazar de ropas hechas, están al alcance de cualquiera. Y decimos más: decimos que aquellos otros eran más señoriles, y les daban una dignidad que ahora no puede ostentar el afán de elevarse a la condición de los más refinados. El error está en creer que con los vestidos típicos no se parece tan acomodado, tan fino, tan urbano como con los de lo figurines del día. Si viéramos ahora atravesar las calles de Murcia a una garrida muchacha, llevando con la soltura de quien no se viste de máscara, el refajo bordado, el delantal con lentejuelas, la armilla y la mantellina, y tras ella, los padre con los indumentos severos que ya no se ven más que en las estampas o en las fiestas de color local, si viéramos eso aparecer como por encanto, un estremecimiento de respeto o de admiración nos invadiría. Ahora, todos Tendemos a ser iguales y hemos conseguido que los que podían ser mejor, dentro de su clase, sean peores. La elegancia rústica es suplantada por la cursilería y por el mal gusto.

    Se despoblaba la huerta, y era más en número que la ciudad, y al paso de las procesiones había más huertanos que churubitos. Como ahora no se distinguen, y si se distinguen no es en honor de aquéllos, salen y salimos perdiendo. Una nota de color, perdida. Sirva de alerta para no perder lo que nos queda.

    Nos queda mucho. De eso vamos a escribir hasta el final.


    En las esquinas bañadas de luz abrileña, los puestos de caramelos. Caramelos largos envueltos en papel de barba con unos versos típicos, que aluden al Berrugo, a la Torre, a la Huerta, a la Pasión, a cosas y personajes murcianos de antaño o de hogaño. Cuartetas llenas de sal y distinción a voces, o de una donosa ingenuidad con pretensiones de picardía. Dentro, el cristal del caramelo, amarillento, o rosado, o el bloque de las llamadas pastillas, más grueso, pero más deleznable, que se deshace en la boca apenas empezamos a paladearlo.

    Las confiterías todas de la ciudad surten al público y a los nazarenos de esta dulce mercancía fungible; pero los puestos de caramelos subsisten a través de los años, no sabemos por qué designio de la Providencia. Tal vez baste a su mantenimiento el consumo de los rapaces que, empinándose sobre las puntas de los zapatos, enseñan una sola moneda de cobre, y reciben en cambio uno o dos de esos caramelos, o un puñado de los menudos, que en un montón antihigiénico al descubierto, tiene el valor, a los ojos infantiles, de un tesoro de topacios y granates.


    La gente se ha ido espesando por las calles de la carrera. Ya no puede nadie caminar sino en una sola dirección. En ocasiones, no se camina. Estamos presos entre una multitud que no avanza ni retrocede. Pero como no nos acucian negocios ni nos importa otra cosa sino estar en la calle frecuentada, nos parece muy natural el aguante.

    De súbito, entre el rumor de voces dispersas, se abre paso, buída, la nota larga de un cornetín. Suena con la pausa grave de una marcha, y cuando la percibimos claramente, la masa humana se pone en movimiento. Si no hemos podido penetrar en aquella casa desde cuyos balcones pensábamos presenciar el cortejo sagrado, nos acomodamos en una bocacalle, padeciendo pisotones y codazos, procurando mantenernos a flote de primera fila en el flujo y reflujo de los que, como nosotros, buscan el mejor sitio para no perder detalle. O bien tomamos asiento en una de las sillas que hay alineadas a lo largo de las aceras.

    La música se ha ido aproximando y las voces del gentío se van extinguiendo. Desde nuestro punto de mira hay una perspectiva ondulada de cabezas movibles, en un apretamiento abigarrado; sobre ellas va abriéndose paso la silueta del estandarte morado con bordados de oro.
 


    Detrás viene la mayoría de los capuces en dos filas. No son esos cucuruchos cónicos de otros pueblos, sino aplastados y romos en su cúspide. Los penitentes, que los llevan, cargados con sus cruces, algunos con dos, van con el rostro cubierto por un antifaz que del mismo capuz desciende. Gran parte de ellos pasa entre sus dedos devotamente las cuentas del rosario. Un pie calzado exquisitamente, una mano desprovista del guante unos segundos, revelan pertenecer a personas de elevada condición social. Junto a ellas, los más humildes pasan con sus alpargatas o sus recias botas de becerro o unos zapatos de charol raído. En estas horas, el sentimiento religioso o el cumplimiento de una promesa igualan a todos los nazarenos. Salvo esos ligeros detalles que descubren diferencias de clase, nada más sabemos de cada uno. Dios sí conoce lo que distingue a éste de aquél, y mide la pureza de intención con que se le ha hecho el obsequio. Los nazarenos pasan gravemente, sin descomponerla filas, sin conversar entre sí, antes bien, manteniendo el tono de seriedad y de compostura. Las túnicas no son de raso ni de terciopelo, salvo en algunos mayordomos, por dignidad del cargo. Son de tela humilde, cortadas todas por el mismo patrón.

    Se interrumpen las filas y aparecen las clásicas bocinas, de son destemplado, lanzando su nota agria entre el son sordo de los tambores.
 


    Balanceándose blandamente sobre la gente, como una nave mística, llega el paso hasta nosotros. Aunque no podamos explicárnoslo claramente, sabemos que las esculturas, en su expresión de dolor místico, en su evocación de un pasaje de los Evangelios, están rimando con el aire ambiente, con los cielos, con el sol, con las paredes, con las siluetas de los edificios, con el estupor de los espectadores. El artista que esculpió estas figuras supo que iban a desfilar ente millares de ojos velados por la emoción de la vida y la muerte de Jesús. Es la escultura dramática, y si al barroquismo interpretado como valor estético hubiera de atribuírsele una finalidad emotiva especial, sería la de conmover desfilando por entre murallas y racimos de pechos palpitantes.
 


    No importa qué procesión sea. La bien cuidada y elegante de San Antolín, la clásica y popular del Carmen; la excelsa de Jesús, cuya fama de aquí tanto ha trascendido; la severa y brillante de San Bartolomé. Unas que discurren en las sombras de la noche, otras al sol de la mañana del viernes… Cuando la Semana Mayor ha pasado, no podemos decir que hubiéramos prescindido mejor de la Samaritana o del Cristo de Bussi, del Crucificado del Perdón, del Angel de Getsemaní o del Sepulcro con sus ángeles de amplias alas. Porque no es el mayor o menor mérito artístico de las estatuas -que en todas lo hay-, sino el común espíritu pasionario que las caracteriza, lo que nos las hace adorables y atrae hacia ellas nuestras predilecciones.

    ¡Aroma de tradición religiosa! ¿Qué será del pueblo sin ti? Cuando renunciara a tus consoladores efluvios, no podría permanecer largo tiempo en la apostasía; pero no hemos de incurrir en el pecado de la indiferencia. Nuestras procesiones deben vivir en las pupilas de los murcianos durante estas pocas jornadas de evocación del dolor de un Dios hecho hombre; pero el resto del año deben estar en el lugar más íntimo de nuestros corazones, como un timbre de gloria para el que toda reverencia y todo amor nos parezcan pocos.


Diario La Verdad.
28 de abril de 1935.
Enviado por nuestra forista Estrella


  Para volver pulsar sobre el cartel

www.salzillo.com