EXPOSICIÓN LAZOS DE SANGRE
Sala del Martillo del Palacio Episcopal · Desde el 30/05/2014 al 31/01/2015
EXPOSICION LAZOS DE SANGRE TRES SIGLOS DE ARTE Y DEVOCIÓN PASIONARIA E IMAGINERIA EN MURCIA
MUSEO CRISTO DE LA SANGRE.
UNA HISTORIA ALTERNATIVA DE LA ESCULTURA PASIONARIA EN MURCIA
Pedro A. Cruz Sánchez – Director del Museo
El Museo del Cristo de la Sangre constituye uno de los grandes patrimonios
culturales “periféricos” de la ciudad de Murcia. El empleo de un término como el
de “periférico” no es casual: de un lado, alude a su situación al otro lado del
umbral psicológico marcado por el Río Segura; de otro, determina un cierto
olvido o minusvaloración por parte de la identidad cultural construida por los
murcianos a lo largo del último siglo. La primera sede el Museo del Cristo de la
Sangre en las angostas salas de las Iglesia del Carmen, de difícil acceso,
motivó su desaparición de los principales circuitos turísticos y culturales, y
que, durante años, su valor permaneciera casi desconocido. El problema de raíz
con el que partió este Museo es que, en ningún momento, la imaginería que
integra su fondo patrimonial consiguió separarse de su estricta consideración
como “escultura procesional”. Dicho de otro modo: más allá de la admiración que
puedan haber despertado en el contexto del desfile pasionario que recorre las
calles de Murcia durante la tarde del Miércoles Santo, las tallas que alberga el
Museo “colorao” no consiguieron ser vistas en función de su incalculable valor
artístico. A diferencia, por ejemplo, del modelo hegemónico del Museo Salzillo,
en el que el “valor artístico” de la obra expuesta preexiste al “valor
procesional” del que hace gala durante la mañana del Viernes Santo, el Museo del
Cristo de la Sangre no había podido “construir” una dimensión artística
autónoma para las imágenes a las que ofrece residencia. De ahí que, en suma,
ésta se pueda considerar como la gran deuda histórica de la cofradía carmelitana
ha tenido hasta el presente para con su patrimonio: añadir al valor procesional
de sus esculturas la legitimidad de su valor artístico.
El traslado, en 2014, del Museo del Cristo de la Sangre a la céntrica Sala del
Martillo –situada en la Glorieta de España-, así como su redefinición en forma
de la exposición Lazos de Sangre: Tres siglos de Arte y Devoción en Murcia,
supuso algo más que una simple y llana vindicación de un patrimonio escasamente
atendido. De lo que se trató con su celebración es de diseñar un contexto de
valoración diferente para un conjunto imaginero incrustado en el fervor popular
desde hace décadas y siglos, y que, a resultas de su vinculación con diversas
situaciones e imágenes tradicionales, no había logrado encontrar un espacio de
interpretación aparte, en el que ser analizado con el rigor y la objetividad
requeridos. Por expresarlo de una manera fácilmente comprensible: lo que se
buscaba en esta muestra es arrancar el legado artístico de la Sangre de
la situación emocional vivida cada Miércoles Santo, para otorgarle un marco de
interpretación diferente en el que se haga factible la objetivación de su valor
artístico. Con la excepción del titular de la Archicofradía, el Santísimo Cristo
de la Sangre, el cual ha trascendido el nivel de popularización del resto de
tallas y alcanzado un estatus artístico por sí solo, el resto de obras que se
exponen en el Museo del Cristo de la Sangre no han disfrutado de un análisis
justo y comprometido que les permita definir su valor y posición dentro de la
historia del arte de la Región de Murcia. Es ésta la razón por la que Lazos de
Sangre no había de ser definida tanto como una “muestra de Semana Santa” –una
suerte de subgénero que, con frecuencia, se emplea peyorativamente para
etiquetar determinados eventos que no alcanzan el interés de lo artístico y que
poseen una vocación eminentemente endogámica-, cuanto como un ejemplo
paradigmático de puesta en valor de un patrimonio artístico hasta el momento
minusvalorado o superficialmente advertido.
Indudablemente, el contexto proporcionado por Lazos de Sangre motivó un cambio
de mentalidad en torno al patrimonio de la Archicofradía de la Sangre que allanó
el camino para la construcción de una sede definitiva para el Museo encargado de
exponer y conservar su patrimonio. Durante los cuatros años que esta muestra
permaneció abierta (2014-2018), se llevaron a cabo las obras de adecuación del
nuevo Museo en las dependencias del antiguo Colegio del Carmen –junto a la
Iglesia Arciprestal del mismo nombre. El proyecto constituye uno de los ejemplos
más exitosos de colaboración público/privada en materia cultural de la historia
reciente de la Región de Murcia. El Ayuntamiento de la capital cedió a la
Archicofradía de la Sangre unas dependencias sin uso alguno, y ésta las puso en
valor a través de sus propios fondos. El resultado ha sido uno de los espacios
de exhibición de arte más sugerente, moderno y funcional de todo el panorama
autonómico. Con esta nueva infraestructura, el extraordinario patrimonio de la
Archicofradía podrá ser contemplado en unas condiciones óptimas, en el que sus
muchas singularidades lucirán en un espacio adecuado capaz de hacer emerger una
parte importante y hasta el momento mal conocida del patrimonio artístico
murciano.
1. La alternativa a Salzillo y su escuela
Como se acaba de indicar, el nuevo Museo del Cristo de la Sangre permite
apreciar el incalculable valor de un patrimonio escultórico en un contexto
diferente al del desfile procesional. A la hora de confeccionar el discurso
museográfico, dos han sido los vectores que han guiado la organización del display:
1) el de la singularidad estilística de un patrimonio que, en su conjunto,
ofrece un inigualable contrapeso a la hegemonía de Francisco Salzillo y su
prolongada y secular escuela; y 2) la creación de una narrativa polarizada por
las dos figuras señeras del patrimonio escultórico de la Archicofradía: Nicolás
de Bussy y Juan González Moreno. Así, y en primer lugar, se advierte la
coherencia de un relato que, a lo largo de más de tres siglos, ha consolidado
una alternativa a Salzillo y su escuela, fundamentada evidentemente en la figura
referencial y poderosa de Nicolás de Bussy, y cuya continuidad en el tiempo está
hilvanada a través de los ejemplos más cercanos de Juan Dorado, Juan González
Moreno, José Hernández Navarro, Ramón Cuenca y Yuste Navarro. Este eje mayor de
expresión se complementa con un eje menor y secundario –si se lo compara con el
primero-, que es el que conecta los diferentes reflejos de la estética
salzillesca en diferentes momentos del patrimonio de la Archicofradía: Roque
López, Sánchez Lozano y Gregorio Molera.
Si se profundiza con algo más de detenimiento en esta segunda línea, se
advertirá la “declinación” especial que adquirió el legado de Salzillo en el
patrimonio escultórico de los “coloraos”. La obra clave, en este sentido, es
la Samaritana (1799), de Roque López; una composición que en modo alguno se
limita a continuar impersonalmente el “modelo Salzillo”, sino que lleva a su
máximo desarrollo la deriva rococó perceptible en su última fase. De hecho, La
Samaritana, además de suponer la creación más rococó de toda la escultura
pasionaria murciana, representa un excepcional “apunte cortesano” dentro del
contenido universo barroco del sureste español. En ningún otro “paso” de los
múltiples cortejos procesionales que desfilan en esta área geográfica, se
aprecia una influencia tan directa y espontánea del “espíritu galante” que
vertebró el tardobarroco europeo. Es dable entender que, tanto por la temática
trabajada como por la datación más temprana, en La Dolorosa que el mismo Roque
López realizara en 1787 para la Archicofradía esta sensibilidad cortesana no se
encuentre tan desarrollada; circunstancia la cual no evita, sin embargo, el que,
pese a tratarse de una reproducción exacta del patrón iconográfico ideado por
Salzillo para la Cofradía de Jesús, se aprecie una dulcificación del gesto de
dolor amargo, duro y concentrado que distingue a aquélla. Lo que en Salzillo era
una reacción expresiva que capturaba el rostro y las manos de la figura en el
pico de una pasión insondable, de una desolación infinita que se adensa en unas
pocas coordenadas físicas, en el caso de Roque López se manifiesta
una moderación emocional, consecuencia de la transformación de la amargura en
gracia. Los brazos, los ojos, la boca, los pómulos ya no reaccionan en respuesta
a un latigazo de dolor que desborda todas las “precauciones emocionales” del
alma; su configuración aquí, lejos de ser espontánea, existencial, responde a un
repertorio de poses “estudiadas”. El dolor aparece rebajado por la gracia; la
turbulencia espiritual es “domesticada” por el movimiento “ensayado” del cuerpo.
La presencia que este “eje salzillesco” posee en las incorporaciones realizadas
al patrimonio de la Archicofradía de la Sangre durante el Siglo XX, y más
concretamente en el intenso y fructífero periodo de Posguerra, se puede
calificar de residual. Tanto Sánchez Lozano como Gregorio Molera se limitaron a
restituir piezas que habían sido destruidas durante la Guerra Civil, y que
dejaron mermados los conjuntos escultóricos de El Pretorio y La Negación.
Mientras que el paradigma representado por Roque López es el propio de lo que se
podría tildar como una interpretación dinámica del “modelo Salzillo”, los casos
de Sánchez Lozano y Molera tipifican la más extendida de las cristalizaciones
que adquirió su escuela: la de una interpretación estática, que operaba mediante
una repetición idealizada de estándares iconográficos sedimentados en el
imaginario colectivo. Atendiendo a esta peculiaridad, no se trataba tanto de
ampliar los límites del propio modelo cuanto de codificarlo mediante fórmulas
perfectamente reconocibles y estereotipadas.
Cuando, en un salto de registro, se centra la atención en el eje mayor y más
privativo de los que conforman el patrimonio escultórico de la Archicofradía de
la Sangre, la primera y más temprana conclusión que se extrae es que en el mismo
se halla el otro origen, el más desconcertante e inclasificable, de la escultura
pasionaria surestina. Las tres piezas magnas que se conservan de la colaboración
de Nicolás de Bussy con la Archicofradía –el “San Pedro” de La Negación (1689),
el Santísimo Cristo de la Sangre (1693), y el “Ecce Homo” de El Pretorio (1699)-
son el vestigio de un expresionismo que se establece como una “isla” estética en
el contexto de la imaginería española. Mientras que la escuela castellana se
inclinó por una escenificación del dolor físico y sus consecuencias sobre una
piel herida por decenas de sitios, el dramatismo del genio estrasburgués se
expresó a través del carácter intangible y más espiritual del sufrimiento.
“Dolor” y “sufrimiento”, pese a su tendencia a igualarse como sinónimos en la
praxis cotidiana, implican dimensiones diferentes del drama: el primero es
puramente físico; el segundo moral y existencial. Y lo que De Bussy introduce en
la escultura pasionaria española es precisamente la hondura vertiginosa de la
expresión, materializada más en los pliegues reconcentrados de la piel del
rostro que en la tentación de un despliegue sanguinolento.
Lo extraordinario de este “origen otro” en el que la Archicofradía funda la
peculiaridad insobornable de su patrimonio es que no tuvo una continuidad
directa, que, a diferencia de lo que sucedió con Salzillo, el “modelo De Bussy”
no fue susceptible de ser reducido a unos códigos o “vocabulario común” que
garantizasen su divulgación en el tiempo. Curiosamente, cuando, después de la
Guerra Civil, se recurre a un artista como González Moreno para restituir al
desfile procesional dos de los tronos esenciales del tradicional ciclo
pasionario de la Sangre –El Lavatorio (1952) y Las Hijas de Jerusalén (1956)-,
los resultados obtenidos no sólo permitirán hablar casi de una refundación
estética de la Archicofradía, sino que, además, singularizarán a este autor como
otra “isla”, sin antecedentes ni escuela posterior que pudiera tipificar sus
innumerables y geniales hallazgos. Quizás, uno de los grandes problemas que ha
tenido el Museo de la Sangre a la hora de establecer un contexto estrictamente
artístico para la interpretación de su patrimonio escultórico es que,
precisamente, los dos grandes pilares sobre los que se apoya éste –Nicolás de
Bussy y Juan González Moreno- han carecido de un “eco histórico” en forma de
militantes escuelas, que actuasen como eficaces divulgadoras de sus improntas
estéticas.
En el caso de González Moreno, su irrepetible enseñanza posee una explicación
primera tan básica como contundente: en un momento en el que la imaginería
surestina se hallaba atrapada en el bucle de un “salzillismo” que estandarizaba
cualquier intento de aportación personal, su obra supone una ruptura drástica y
sin sentimentalismos con esta tradición, y, lo que resulta tanto más importante,
la invención ex nihilo de una serie de tipos completamente desconocidos en el
ámbito de la escultura procesional. Nunca la estética moderna y laica se había
introducido de manera tan “natural”, tan evidente y lógica, en un dominio tan
receloso de su especificidad y reservado como el de la imaginería. González
Moreno consiguió en sus dos grandes conjuntos para la Archicofradía una
brillante concreción paradójica, todavía hoy difícil de desentrañar en sus más
mínimos detalles; de un lado, vulgarizó conscientemente cada uno de los tipos
alumbrados, con el fin de acercarlos a la “sensibilidad de la calle”; pero, de
otro, operó una idealización de lo cotidiano que conlleva el que, en cualquier
caso, lo específico, aquello con lo que, sin ninguna duda, se podría topar
cualquier espectador en uno de sus paseos diarios, no sea sino una “generalidad”
inalcanzable.
Este “relato de discontinuidades”, de “autores-isla” que, por su excepcionalidad
y ausencia de contexto, no consiguen reflejarse en generaciones posteriores, se
prolonga hasta fechas más recientes, cuando, en primer lugar, José Hernández
Navarro, y, con posterioridad, Ramón Cuenca y Yuste Navarro, suman al patrimonio
de la Archicofradía obras como Jesús en casa de Lázaro (1985), El Cristo de las
Penas (1986), el Cristo del Amor en la Conversión del Buen Ladrón (2011), San
Vicente Ferrer (2011) y el Cristo de la Redención (2017). Si Hernández Navarro
ha mantenido un diálogo permanente con la historia del arte que ha derivado en
un rigor anatómico sin apenas antecedentes en la imaginería murciana, y Ramón
Cuenca sobresale por la referencia a un barroco intemperante, vaporoso, que
rompe con la moderación del clasicismo imperante en esta área geográfica, Yuste
Navarro se revela como una excelente y original síntesis entre el dramatismo
centroeuropeo de Bussy y la cotidianeidad mediterránea de González Moreno.
En los tres casos, parece clara la “rebeldía” con respecto al modelo canónico de
Salzillo y la intención de generar paradigmas hasta cierto punto disidentes que
permitan una renovación de este género artístico, en ocasiones tan inmovilista y
enrocado en viejos patrones.
2. El “doble origen” estético de la Archicofradía
Si el primer vector que dirige este proceso de recontextualización artística del
patrimonio de la Sangre es el subrayado de todos aquellos elementos que hacen de
su colección escultórica una narración alternativa al relato canónico
representado por Salzillo, el segundo a destacar no resulta menos interesante:
se trata de que, tanto por la lista tan heterogénea de nombres que han
participado en su confección como por la extensión de tiempo tan dilatada que
abarca (1689 – 2017), este conjunto artístico se articula como una breve pero
densa historia de la imaginería en Murcia. Muy pocas son las cofradías españolas
en las que, a través del legado que atesoran, se puede percibir tan clara y
pedagógicamente los periodos estilísticos y grandes transformaciones de la
escultura pasional del territorio en el que se encuentran. En el caso de los
“coloraos”, es justamente la configuración de un relato preponderante de
resistencia a la escuela de Salzillo lo que ha motivado que su patrimonio
resulte tan atractivo y sugerente a la hora de ilustrar los hitos fundamentales
de este proceso de cambio. Y la razón es evidente: mientras que las sucesivas
fases que han jalonado el “modelo Salzillo” han iluminado una historia sin
apenas alteraciones y sorpresas, el discurso paralelo –es decir, el conformado
por todos aquellos que no se replegaron a los estereotipos cerrados por los que
se expandió el salzillismo- ha evidenciado una mayor libertad y flexibilidad
estética a la hora de plantear sus formulaciones. Dicho en otros términos: es en
este relato alternativo en el que se han operado las principales fracturas y
transformaciones, y en el que la imaginería surestina ha podido alumbrar un
nuevo lenguaje capaz de librarla de las inercias y el inmovilismo inducidos por
la referencia monumental de Salzillo. Y habida cuenta de que la Archicofradía de
la Sangre ha forjado su patrimonio a base de muchas de las principales
excepciones a la ortodoxia, es fácil derivar que el discurso expositivo del
nuevo Museo de la Sangre aparezca acotado por los dos grandes representantes de
esta heterodoxia: Nicolás de Bussy y González Moreno. Frente al carácter
estrictamente cronológico de Lazos de Sangre, la exposición del patrimonio de la
Archicofradía en ésta su sede definitiva se realiza a través del espacio
definido y afectado por sus principales “campos de fuerza”. La división en tres
salas del Museo permite que el inicio del recorrido esté marcado por las
contribuciones de Bussy y el final por el esplendor de González Moreno. Ambos
constituyen los dos paradigmas de la “revuelta estética” representada por la
Archicofradía; los dos horizontes estilísticos que hacen comprensible la
presencia de nombres como Dorado, Hernández Navarro, Ramón Cuenca o Yuste
Navarro. En la actual organización de la colección ha prevalecido el factor
diferencial sobre el meramente cronológico. De ahí esta bipolarización del
discurso museístico, encargada de subrayar un hecho incontestable: que el
patrimonio de la Archicofradía se halla determinado por el doble
origen establecido por Nicolás de Bussy y González Moreno.
©Museo Cristo de la Sangre - Calle Sacerdotes Hermanos Cerón, 30002 Murcia
- Video sobre
la exposición en
https://vimeo.com/158484542
- Galería fotográfica en Google https://photos.app.goo.gl/CXo8LfYaZLjXkJNg7
En Google se puede dar a presentación y van pasando las fotografías
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Recopilado y enviado por Vicente Moreno