Milagros de Nuestra Señora
“El clérigo ignorante”
Era un clérigo simple, pobre de clerecía,
que a diario decía misa a la Santa María;
decíala a diario porque otra no sabía,
y la sabía más por uso que por sabiduría.
Así comienza este bello poema, escrito en la primera mitad del siglo XIII por el cultísimo clérigo emilianense, Gonzalo de Berceo, uno de los más grandes nombres de la poesía medieval castellana. Esta primera estrofa de versos alejandrinos nos sitúa en la piadosa historia del ignorante clérigo. Meditando y disfrutando de su candorosa belleza, insertos en el mester u oficio de clérigos eruditos con este modélico Milagro de Nuestra Señora[1], vamos a aprender de su piadosa enseñanza.
La tierna trampa del pequeño clérigo que, ante la dureza de sus entendederas y a base de repetirla, logró aprender de memoria la Misa de Santa María, fue descubierta. Se presenta ante el advertido obispo admitiendo su torpeza y declarándose culpable por su ignorancia, indigno para el ejercicio de su ministerio y por tanto, merecedor del riguroso castigo impuesto por el prelado. Derrotado, llega hasta los pies de la celestial Señora quien, al instante, se dispuso a su favor, auxiliando al bondadoso clérigo:
Nuestra madre preciosa que nunca abandonó
a quien de corazón ante sus pies cayó,
el ruego de su clérigo en seguida escuchó,
no lo puso por plazo, luego lo socorrió.
Esta es una hermosa lección para todos nosotros, hermanos y devotos del Rosario ya que su rezo frecuente nos hace <<pequeños>> frente al misterio, como pequeño y necesitado se sentía el protagonista de esta encantadora historia. Y es que para agradar a Dios no hace falta saber mucho. Basta con que nos acojamos bajo el amparo y protección de su Santa Madre. María siempre responde y se apiada de los que a Ella acuden, tal y como lo hizo al interceder por su capellán ante el poderoso Obispo Lozano:
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Nuestra Virgen gloriosa que es madre sin dicción
se apareció al obispo en seguida, en visión;
díjole fuertes dichos, un bravillo sermón,
y en ello descubrióle todo su corazón.
Lo que tan admirablemente realiza Gonzalo de Berceo confiriendo a su pastoral enseñanza poética y graciosa belleza, nos sigue conmoviendo hoy, ocho siglos más tarde a los devotos de María. Cuando contemplamos la vida de Cristo a través de los ojos de su Madre y lo hacemos sin intervenir, sin interpretar, sin irrumpir en las sagradas escenas, repetimos las avemarías con la mirada fija en el misterio: en la sorpresa de la Anunciación, en la angustiosa búsqueda del Niño perdido, en su amorosa solicitud en las Bodas… en el fracaso de la Cruz o en la poderosa esperanza de la Resurrección, y las repetimos como el buen clérigo repetía la misa de Santa María: <<Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros>>
Y es que en la contemplación lo fundamental es encontrar la distancia <<justa>>, la posición y la actitud adecuadas para que nuestra presencia no distorsione, no altere lo contemplado. Ese lugar privilegiado es el que ocupó María en la Vida de nuestro Señor y aprendemos con el rezo del Santo Rosario a situarnos en él de la manera más sencilla. Su rezo frecuente y amoroso nos dispone interiormente, poco a poco, nos sitúa en la posición correcta: a la distancia <<justa>>, sin que nuestra agitación interior, sin que nuestros ruidos, invadan el espacio sagrado, considerando respetuosamente, amorosamente, los misterios que constituyen el eje central de nuestra vida cristiana. Y aprendemos, como María, a guardarlo todo en nuestro corazón y así agradamos sencillamente a nuestra Madre, como el devoto clérigo de Berceo:
Retornó el hombre bueno a su capellanía
y sirvió a la Gloriosa madre Santa María;
en su oficio finó de fin cual yo querría,
el alma fue a la Gloria, la dulce cofradía.
Micaela Bunes Portillo
Archicofradía del Rosario.
[1] Este poema se compone de quince estrofas (220 a 235) de las 911 que componen la obra de los Milagros de Nuestra Señora y la versión de las que aquí reproducimos, está tomada de la obra de Francisco Rico: La poesía española : antología comentada, Barcelona: Círculo de Lectores, 1991, pp. 120-124
Obra de madurez de Gonzalo de Berceo, Los Milagros de Nuestra Señora, incorporan a la literatura romance un tema de actualidad en la Europa de entonces. Su propósito es ensalzar el culto a la Virgen. Los milagros vienen a ilustrar la maternal intercesión de María que, en este milagro, protege a sus devotos.