COFRADÍA DE LA VIRGEN DEL ROSARIO
“UN
TESORO EN VASIJAS DE BARRO”.
Alejandro Romero Cabrera.
Un tesoro, eso es lo que estamos formando, un auténtico
tesoro. Un tesoro de religiosidad, devoción y fraternidad que, en este Año de la
Sagrada Eucaristía, tendrá su puesta de largo, la expresión pública de sus
intenciones y de su devoción cuando, después de décadas de silencio, los que nos
sentimos unidos a esta familia dominica saquemos entre todos a nuestra
amantísima Madre del Rosario por las históricas calles de Murcia en una Solemne
Procesión. Solemne Procesión que es una de las piedras preciosas de este tesoro,
pero que no sería nada, no tendría ningún valor sin la previa excavación y
pulimento y sin la aplicación de los preciosos metales que la engarzan o las
otras piedras que la acompañan en el tesoro. Los sujetos agentes que han
excavado y pulido esa piedra preciosa son las Madres y Padres Dominicos, así
como todos los fieles que nos hemos ido uniendo a esta bendita familia del
Rosario. Y los metales y otras piedras preciosas sin los cuales la anhelada
Procesión no sería nada, son los frutos exquisitos devenidos de la gran
importancia de pertenecer a una “cofradía de gloria”, como lo es nuestra
Archicofradía del Rosario, de vivir en ella haciendo “cofradía” o hermanamiento
todos los días del año.
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Frente a la actual relevancia de las cofradías penitenciales
(las de Semana Santa), parece como si las cofradías de gloria durmieran un
profundo y casi aniquilante sueño. Por eso es de tan suma importancia que nos
percatemos de la importancia del tesoro que estamos cuidando y potenciando, y
que Dios quiera que sea humilde ejemplo y espejo claro para un futuro resurgir
de las cofradías de gloria, antaño tan extendidas y fuertes por todos los
templos de Murcia. Tenemos que ser consecuentes con la importancia de pertenecer
a una cofradía de gloria. Las cofradías de gloria han sido siempre, y deben
seguir siéndolo, la auténtica sede de la religiosidad popular y profunda, de su
vivencia diaria y de su valiosísimo e inherente carácter de cercanía hacia los
fieles. Contrastando con el ilusionante empuje de las cofradías de Semana Santa,
las cofradías de gloria se yerguen como perfectos garantes para la pervivencia
de la religiosidad popular durante todos los tiempos del año. Por lo tanto, la
grandeza de las cofradías de gloria, de nuestra Archicofradía, no brilla sólo
con la Procesión, sino con la aportación vital de la vivencia diaria en
cofradía.
Las cofradías de gloria han sido y tienen que volver a ser
los contadores del sentimiento devocional del día a día. Ante la luz de esta
afirmación, en nuestra Archicofradía brilla con destellos pulcrísimos una de las
grandes piedras preciosas de nuestro tesoro: el Santo Rosario, la gran fórmula
de devoción mariana, compendio magnífico de los santos evangelios, que nos
permite recorrer y meditar sobre la vida de Jesucristo siempre de la mano de
María, su Madre y nuestra Madre. Consecuentemente, este privilegio que tenemos
en nuestra Archicofradía se torna responsabilidad de practicar, propiciar y
propagar el rezo del Santo Rosario así como la práctica del gran acto, del más
bello y refulgente tesoro de cualquier cofradía católica: la Sagrada Eucaristía.
Percatémonos, antes de seguir, que aquí hemos encontrado ya los dos grandes
diamantes de nuestro tesoro, diamantes incrustados en finísimas filigranas de
oro que tienen que permanecer siempre impolutos y presentes en el corazón mismo
de todos los cofrades: el Santo Rosario y la Sagrada Eucaristía.
Otra de las piedras preciosas que guardamos en nuestro
tesoro, es como una especie de brillante zafiro que se encuentra al fondo del
cofre, opacado por el polvo pero engarzado en elegantes labras de plata: este es
la vida de hermandad, el esfuerzo por conocernos, por compartir entre todos
nosotros, y entre los que se nos vayan uniendo, el tesoro de nuestra fe y el
tesoro particular de nuestra Archicofradía.
En el tesoro de las cofradías de gloria, nuestro tesoro,
también se guarda un rotundo rubí, soberbia y sobria piedra que muchas veces es
olvidada en el fondo del cofre: podemos y debemos ser un ancho cauce por el que
todos los que nos rodean puedan experimentar un acercamiento a la pastoral y a
la vida de la Iglesia.
Después de revisar y reordenar todas las piedras preciosas
que tenemos en nuestro tesoro, mayor debe ser nuestra ilusión de vivir en la
Archicofradía de Nuestra Señora del Rosario, siendo consecuentes y responsables
con la custodia firme de estos valores inmanentes a las cofradías de gloria y
potenciando, en la medida de nuestras posibilidades, el resurgimiento de estas
asociaciones en Murcia. Nuestro trabajo tiene que ser compartido y a él estáis
invitados todos los fieles de esta entrañable Iglesia Conventual de Santa Ana
así como todos los que leáis estas líneas. Es un tesoro que tenemos que cuidar
entre todos y con cuidado exquisito, porque más que guardado en un duro y
cerrado cofre, es un tesoro depositado en frágiles y abiertas vasijas de barro.
- Alejandro Romero Cabrera es cofrade-acólito de la Archicofradía de Nuestra
Señora del Rosario, del Monasterio de Madres Dominicas de Santa Ana en Murcia.
Murcia, a 28 de Agosto de 2005.