El Milagro de las Lágrimas de la Virgen

 

El 8 de agosto de 1706 en casa del humilde agricultor Francisco López Majuelo, vecino de Cabezo de Torres, tuvo lugar un acontecimiento extraordinario que conmovió la religiosidad de la Murcia dieciochesca. En el primer piso de su vivienda había dos imágenes, una de la Dolorosa y otra de Jesucristo, de medio cuerpo, de yeso policromado, de unos treinta y cinco centímetros de altura, colocadas en unas urnas cerradas con cristales y colocadas sobre una mesa con manteles blancos.

Ese día cuando se estaba haciendo la limpieza de la habitación observaron que la imagen de la Dolorosa derramaba lágrimas. Inmediatamente se reunió un enorme gentío y vecinos para comprobar el hecho que duró hasta las cuatro de la tarde.

La noticia se extendió tan rápidamente por Murcia y su huerta que al día siguiente por la noche el gran Cardenal, D. Luis Belluga Moncada, llegó la casa del agricultor a comprobar por sí mismo la veracidad de lo que le habían comunicado. Una vez allí con un pedazo del mantel sobre el que se apoyaba la Sta Imagen secó con gran piedad las lágrimas de la Virgen y ordenó que el busto se trasladara a la Catedral.

 

Vicisitudes del Relicario de la Virgen

 

A los ocho años del milagro llega el relicario a la Orden de los Dominicos donde ha permanecido hasta nuestros días. El mismo Cardenal lo dio en limosna en 1714 a fray Nicolás Peinado del convento de Sto. Domingo de Murcia. Entre ambos existía una profunda amistad y admiración. Belluga sabía de la piedad del fraile hacia los Dolores de la Virgen así como del movimiento devocional que lideraba en la iglesia de su convento; pero también de la vida ejemplar y caritativa con que acompañaba sus prácticas devocionales. Toda Murcia sabía de su honestidad, modestia y fama de santidad como se puso de manifiesto el día de sus exequias. La exposición del relicario en la capilla a la Virgen de los Dolores continuó realizándose con asiduidad.

En 1835 al dictarse las leyes de desamortización y, por tanto, de expulsión de los Dominicos, los frailes exclaustrados lograron rescatar por su valor devocional y sentimental el preciado relicario depositándolo desde entonces en el Monasterio de Santa Ana (Las Anas) donde recibe perpetuo y fervoroso culto en la capilla coral.

David Cuerva

 

 Para volver pulsar sobre el cartel